Las etapas o fases del duelo son cinco: negación, ira, negociación, tristeza y aceptación. Cada una de las fases tiene sus propias características y no hay un orden de aparición preestablecido; en cada persona se muestran de manera diferente. Por ejemplo, en una persona la aceptación puede no presentarse en años y en otra, aparecer al principio de la pérdida. Para poner más ejemplos, la negación podría aparecer al inicio de una pérdida, o cuando a un moribundo le confirman su inminente final, o cuando a alguien le acaban de operar para quitarle un riñón, o pude no aparecer nunca. Esta es una defensa temporal de la persona, que piensa cosas como “estoy bien, esto no está pasando”. Por contraste, hay personas que no ofrecen resistencias ni a la pérdida ni al cambio.
Con tanta variación es esencial conocer las diferentes fases y identificar en qué punto se encuentra la persona es un buen inicio para el trabajo terapéutico, ya que, como he explicado, no hay una sola forma, sino que cada persona tendrá sus propios tiempos y proceso —algunos necesitarán meses y otros años para sobreponerse a una pérdida.
La aceptación suele llegar tras haber pasado otras fases previamente. Algunas personas pasan antes por la ira —“¿Por qué a mí? ¡No es justo!”— o la tristeza —“¿Qué sentido tiene? ¡No vale la pena hacer nada!”. La negociación —por ejemplo, “si me/le das unos meses prometo cambiar”— es una fase que no pasa todo el mundo.
Todo acompañamiento es más efectivo desde una mirada integrativa, donde emoción, pensamiento y cuerpo conviven y se expresan simultáneamente, y hay que atenderlos. Además, el tipo de intervención dependerá del tipo de duelo: se puede dar un duelo anticipado cuando se conoce de antemano que una persona va a morir, un duelo ausente cuando se niega la pérdida y la persona actúa como si nada, o no resuelto cuando perdura en el tiempo y se vuelve disfuncional, entre muchos otros.
El acompañamiento pasa por identificar el duelo, el tipo de pérdida, la fase en la que se encuentra y ofrecer aquello que la persona necesita. Unos necesitarán ser escuchados, otros necesitarán herramientas para afrontar las etapas, habrá quien necesite entender la situación para seguir adelante… Cada persona tiene su necesidad.
Otro aspecto importante es ofrecer acompañamiento de la manera en que la persona lo quiera recibir. Me explico: he visto profesionales acompañar con excesivo contacto físico, abrumando a la persona a que acompaña. Del mismo modo, he visto a personas sentirse muy cómodas simplemente en silencio y a otras necesitar diálogos trascendentales o espacios dónde descargar la ira. El profesional que acompaña la pérdida debería ser capaz de identificar lo que cada uno necesita y adaptarse a sus necesidades.
La empatía, la escucha activa, la madurez, el equilibrio personal o la capacidad de sostener al otro son algunas de las habilidades esenciales que un psicoterapeuta debe tener, además de poder ofrecer un espacio seguro, relajado y confidencial. Sea cual sea la pérdida, el duelo es un momento estresante. Si además esta está esta relacionada con la muerte física te diré que la muerte está inseparablemente unida a la vida porque no puede existir la vida sin la muerte, ni la muerte sin la vida. La intensidad del momento de duelo puede sacudir muy fuertemente y cambiar muchas y muy diversas áreas de la vida de alguien. Por eso, este es un tipo de acompañamiento, a menudo trascendental y profundo, que no todo profesional se siento capacitado para ofrecer o desea realizar. A mí, personalmente, es una ámbito terapéutico que siempre me ha atraído y por eso decidí formarme. La formación fenomenológica-experiencial marcó una clara diferencia en mi manera de acompañar a las personas. Descubrir el modelo de Klüber-Ross y todo lo que ella tan desinteresadamente hizo me animó a seguir trabajándome y desarrollando esta parte de mí que desea acompañar a la gente en estos momentos tan intensos y vitales de sus vidas.